Y luego la vida

Soñé. Soñé y soñando pensé que estaba en aquel pueblo de mi infancia. Allí donde las noches de agosto se tornaban frescas con la caída del sol, donde las gentes eran afables y sus tardes infinitas. Y su olor a tierra mojada por el rocío pronto, por la mañana.

Soñé que estaba sólo en aquel pueblo que me vio crecer. Recorría sus callejuelas antaño adoquinadas, ahora melladas, buscando amigos, familiares, vecinos, sus gentes. Calles estrechas, donde cada casa aspiraba a abalanzarse sobre la cercana en puja por la luz del sol. Aún parecía retumbar en sus muros la festiva música de la banda en día de fiesta, y el pisar de los gigantes, y las burlas de los cabezudos.

Caminé, entre los árboles de aquel lugar donde sus gentes paseaban y hacían de el estío algo más llevadero, en sus jardines pequeños pero coquetos. Castaños, morenas, pinos, frescor y sombra. Recuerdos lejanos que parecen tan presentes…

Y caminando alguien me dijo que era un sueño. Que cuando no vuelves a un sitio lo primero que escapa de tu recuerdo son las gentes, las personas, que sus rostros se borran de tu mente como una maldición ineludible e inacabable. Y que eso es precisamente lo que hace más triste los recuerdos y añoranzas. La falta de las personas.

Y en ese preciso momento, desperté, me di cuenta que anhelaba el regreso a mi pueblo. A aquel lugar con río en el que un grupo de chiquillos correteaban por sus calles y se hacían mayores a golpe de bicicleta y tardes interminables de pesca, tropelías por los campos de frutales y empachos de ciruelas. Tardes de fiesta, estampidas de toros y caballos, meriendas con los mayores, Mirinda, zarzamora y cinco duros para gominolas. Primeros amores, primeras miradas y besos robados, abuelos y padres que ya no están pero que siempre estarán, primos que más que primos eran hermanos, amigos para siempre y la sensación de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Y luego la vida.

A Segorbe y mis veranos de 1980 al 1991.
A mis primos José Carlos y Lola y a mi hermano Santiago.
A mi abuela María y a mi abuelo Mariano, donde estéis.
Y para ti Papá, te echo de menos.

Publicado por

Agustín Gómez

Agustín Gómez, creativo, emprendedor, apasionado y con una gran dosis de idealismo y abstracción en todo lo que hace. Siempre buscando proyectos interesantes en los que participar, gente proactiva con la que contactar, momentos inolvidables que guardar. ¿Te apuntas?

4 comentarios sobre “Y luego la vida”

  1. El recuerdo más vivo que tengo de aquella época es veros pegar en la habitación del tío Ángel, el sonido de las cortinas metálicas que daban a la terraza de la abuela con vistas al Huerto, pájaros en uve sobrevolando los abetos, intoxicarme por beber una pócima extraña de cola-cao con horchata y limón (o algo parecido), que al “pupas” le pillara siempre el toro,bailar Tennesse bajo el puente nuevo, pintar la portada de la programación de las fiestas del arco, carreras de bicicleta y trofeos de golosinas. También recuerdo vuestra ausencia, y que la abuela echara dos monedas de veinte duros en la hucha que diste en tu comunión cada vez que me daba la paga los domingos, por si volvíais.

    1. A veces da la sensación que un tiempo pasado siempre fue mejor. Y queda claro en tu reflexión, prima, que en efecto hubo tiempos mejores.

      A pesar de mis crisis de Fé (si, con mayúsculas, la de Verdad), estoy convencido de que en la otra vida podremos disfrutar todo lo que en esta nos ha sido negado.

      Gracias prima, has hecho que me caigan unas lagrimillas de nostalgia. Cuánto echo de menos aquellos tiempos, y cuánto lamento no haberlos aprovechado mejor… Un beso.

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