En la línea de mis escritos políticos quiero seguir escribiendo mis pensamientos y pareceres. En mi artículo anterior hablaba sobre el populismo político que tanto ha arraigado en los últimos años en nuestro país. Lo hacía en base a al guerracivilismo de base que se ha instaurado en la retórica política del día a día patrio. El que más o el que menos se ha visado tentado por dicho populismo e incluso se ha visto escorado hacia él creyendo que era lo más indicado en base a nuestra conciencia política individual.

El que más o el que menos, solemos hacer examen de conciencia y realizamos ejercicios de autocrítica. Bueno, si no somos servidores cautivos fanatizados ideológicamente. Y los hacemos porque es sano y porque la gente de bien, la gente de a pié, suele variar su pensamiento en función de los acontecimientos y de los conocimientos que van adquiriendo. Llega un punto donde te cuestionas si contribuir a la polarización extrema es positivo y si eso no va a contribuir también a que las posiciones se enconen, se alejen y se cree una brecha que en un momento dado puede ser irreconciliable mediante dialéctica, negociación o democracia.

Pero claro, el espectro político precio al 15M era el que era. En realidad, un bipartidismo salpicado de nacionalismo con aspiracionismos independentistas varios. Un espectro muy militado, muy centrado, donde las diferencias ideológicas eran muy poco importantes a la postre. Un espacio político muy apropiado para la alternancia de las fuerzas políticas imperantes en el Gobierno de la nación por el que combatir en base a pequeñas diferencias programáticas cada cuatro años.

Fue un movimiento el que capitalizó el descontento ante una crisis devastadora en lo económico y social que el presidente de turno, inexperto y buenista, acrecentó en nuestro país pinchando la burbuja inmobiliaria porque era necesario un nuevo modelo productivo en España. No sabía cual, pero otro. Con él y sus movimientos ineficaces llegaron los primeros recortes sociales que nadie recuerda pero fueron los más grandes. Pero ahí estaba quien apuntalaría la ideología, a la postre capitalizando la inercia generada por un movimiento aparentemente espontáneo. Primero los círculos donde gentes de toda ideología y condición contribuían con ideas, pensamientos y acciones. Mientras tanto aquellas acampadas legendarias, aquella camaradería, aquellas declaraciones huyendo de ideologías de cara a la galería, aquella cobertura inusitada de aquellas nuevas cadenas de televisión privadas que querían ganar notoriedad… Luego ya sabríamos quién era Espinar, Iglesias o Errejón, señores vinculados con los movimientos sindicalistas y comunistas en la Complutense de Madrid, aprendices de Monedero, evangelizadores de un nuevo socio comunismo a medida de quienes siendo niños acomodados de la capital nos convencieron de que eran proletarios desposeídos de la tierra. había nacido Podemos — y muchos no nos habíamos enterado —.

Yo estuve en alguno de aquellos momentos en mi población. Tenía mucha curiosidad. ¿Sería verdad? ¿Había despertado la conciencia social por fin? Conocí a gentes, verdaderos proletarios del siglo XXI, con ideas, con argumentos, que comenzaron a dar forma al primigenio Podemos. Sin recursos y pidiendo muchos favores fueron abriendo círculos en pequeñas poblaciones. Conversaba con ellos de Keynes, de Hayek, de el verdadero socialismo y de porque el socialismo actual era una gran mentira revestida de progresismo. De como militaristas habían copado revoluciones socialistas para establecer comunismos alejados del objetivo real del colectivismo. Esa gente buscan llegó a ser relevante en Podemos. Los arquitectos del proyecto no tenían los mismos objetivos. Tenían, ahora lo sabemos, otros.

Y Podemos lanzó la primera piedra del guerracivilismo en forma de victimismos. El proletario del imaginario podemita, desheredado de la tierra, explotado por el capital ahora era el perdedor injusto de una guerra que le sobrevino. Y la gente les creyó. El terreno estaba ya abonado por cierta Ley de Memoria Histórica construida ad hoc para bando perdedor por un inefable presidente del Gobierno de España del siglo XXI anteriormente nombrado sobre estas líneas. La cuestión era poner en valor ya no la II República sino el período donde gobernó la coalición de todas las izquierdas establecida bajo la denominación de Frente Popular. No importaban los latrocinios y crímenes perpetrados durante su legislatura. Los asesinatos. Las colectivizaciones forzosas. El asesinato del jefe de la oposición Calvo Sotelo.

En mi anterior artículo No nos dejemos engañar me extiendo explicando como las formaciones políticas inherentemente faltan a la verdad y la manipulan para que creamos en el dogma en que se basa su línea ideológica. Es como cuando se pelean dos niños pequeños: cada uno nos dirá lo que nos quiera contar para que nos posicionemos a su favor. Es lo que hacen, y caemos en su trampa casi sin darnos cuenta. Y esto es así porque la mayoría de las veces seleccionamos nuestro posicionamiento ideológico, el partido político al que votar, nuestro bando por antagonismo al que nos produce rechazo. Y de esto, también se valen.

La política en la actualidad no es una vocación altruista para mejorar las condiciones de nuestra sociedad, si es que alguna vez lo fue. La política actual ha mutado de un oficio remunerado a una profesión que incluso dispone de planes formativos en centros universitarios de todo el planeta. En pocas palabras, se estudia para ser político y el hecho de disponer de un título de Ciencias Políticas parece ser una patente de corso en el ejercicio de la función política. Por eso no debemos extrañarnos si cada vez tenemos más tipos y tipas mediocres forjados en sindicatos estudiantiles y en juventudes políticas como único currículum profesional. Lo verdaderamente preocupante es que la gente lo valore como un verdadero mérito. Y es que hay muchas personas que confían plenamente en el predicamento de Pablo Iglesias o Juan Carlos Monedero porque estudiaron Ciencias Políticas y ellos saben mucho de eso. Sí, claro, estudiaron teoría política en un feudo izquierdista para manipularnos con más facilidad.

De igual modo podemos diseccionar el lado contrario, la derecha extrema, en base a sus méritos o desméritos. Es el marketing de la política actual. Imaginemos que yo, alguien que no puede escalar más puestos en mi partido creo mi nueva formación para capitalizar — y vaya si lo ha hecho — el ala más extrema del partido al que pertenecía. incluyo a un boina verde — de reemplazo — y un secuestrado víctima de ETA y echo a rodar. Sólo que no cuento con los franquistas, falangistas y requetés — carlistas tradicionalistas — que ven en mi bebé el feudo más aproximado a su espectro ideológico y que algún disgusto me van a dar. Postulados de derechas sin paliativos, vocabulario directo, España primero y una pléyade de nostálgicos con ganas de encontrar un asidero ideológico dejan libre el paso hacia el Congreso de los Diputados. Nació Vox.

Pero ante todo, no dejemos de lado el proceso por el cual estas formaciones aparecen. Sin tener en cuenta a Ciudadanos que, como UPyD, nacen con vocación de centro progresista y con vocación no independentista de los primeros, el advenimiento de los nuevos extremos no es más que una intencionalidad de nueva conciencia de izquierda popular en el caso de Podemos y la respuesta por la derecha, igualmente dentro de un espectro radical, de Vox. Causa efecto en su más pura acepción. Aunque quizá los grandes partidos no calibraron el daño.

Podemos no robó votos a IU — la coalición de izquierdas española por antonomasia —, no al menos los que cabría esperar. Más bien con Podemos comenzó la sangría del PSOE. Sangraría que forzaría el vuelco ideológico de una de las formaciones hegemónicas de la democracia nacional que la descendería a los infiernos y le haría volver al marxismo leninismo, al socialismo rancio, a alejarse del progresismo moderno. De hecho pudimos observar como un candidato defenestrado logró volver al seno del partido cual hijo pródigo y asistimos estupefactos a las purgas son cuartel que perpetró ante toda disidencia. Tremebundo pero cierto. Y pagando las consecuencias de dichos actos y de la carrera por alcanzar a cualquier precio la Moncloa obtenemos todos los movimientos ideológicos dentro del Consejo de Ministros y del Gobierno de España que observamos alejados diametralmente de las necesidades reales del pueblo español. Un megalómano y un teórico del socialismo más anacrónico, mano a mano, a los mandos de la nación más antigua de Europa.

Del PP poco. Ni ha estado ni se le ha esperado durante mucho tiempo. Las rivalidades internas sólo contribuyeron a que Ciudadanos y Vox, por turnos y por regiones, canibalizaran si electorado. Y durante mucho tiempo pareciera que no importara en el seno de Génova. Su líder, bastante insulso al principio, no sabía muy bien cual era su espectro, su target como se dice en marketing. La derechita cobarde les llamaban los que hace poco formaban parte de sus filas. Y sufrieron sangría, vaya que sí, tanta como para que con sus votos se conformara una tercera política en el arco parlamentario del Congreso de los Diputados. Sólo ahora su primera espada parece haber entendido cuál es su papel y comienza a pugnar por recuperar su lugar en el centro derecha aunque sea a costa de jar gobernar el país al peor de los presidentes en democracia de la historia de España.

Suele hacer alegatos finales y este lo va a ser. No dejemos que nos arrebaten el centro, que nos lleven hacia los extremos, porque es lo que muchos quieren. Saben que las pasiones mueven montañas, y es cierto, pero las pasiones también despiertan los más bajos instintos del ser humano. Apostemos por la moderación, la altura de mira y el sentido de estado que ahora mismo está faltando.

Publicado por

Agustín Gómez

Agustín Gómez, creativo, emprendedor, apasionado y con una gran dosis de idealismo y abstracción en todo lo que hace. Siempre buscando proyectos interesantes en los que participar, gente proactiva con la que contactar, momentos inolvidables que guardar. ¿Te apuntas?

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