No nos dejemos engañar

Hace mucho tiempo que la política en España se está radicalizando en sus posturas fundamentales. Sí, es cierto que este proceso también se está produciendo en el resto de los países de nuestro entorno y parece ser una tendencia. Pero es que en nuestro país toman un tinte más funesto si cabe la radicalización y las tesis meramente populistas de la izquierda y la derecha cuando tenemos todavía fresca una guerra, la de España, que tanto dolor causó por una situación muy similiar en terminos de posicionamientos políticos.

Nos hemos radicalizado y no nos hemos dado cuenta, y han tenido que venir autores como Arturo Pérez-Reberte o directores como Alejandro Amenábar a mostrarmos con su obras que en todas las casas cuecen habas, y en la mía a pucherazos. Y es que todo el posicionamiento doctrinal en matería política de este país viene a resultas de la Guerra Civil. Lo chocante es que prácticamente nadie conoce dicho conflicto con suficiente profundidad para huir de posiciones acérrimas y observarla desde una perspectiva dada que explicará los hechos por ellos mismos. Una guerra es una guerra, en una gueraase mata en el frente, pero también en la retaguardia. Y cuando una guerra llega es porque el resto de los recursos han fallado o se ha propiciado su fallo.

Estos días podemos observar uno de los motivos últimos de nuestra postrera guerra fraticida en el recuento electoral de Estados Unidos. Todo lo que no sea un sistema donde cada voto valga lo mismo es injusto. Y en Estados Unidos ocurre que los votos otorgan compromisarios y puede darse, y se da, el hecho de tener más votos en general en un estado de la unión y sin embargo no ganar los compromisnarios del mismo. Es por eso mismo que el señor Donald Trump obteniendo menos votos en el global de la unión consiguió la presidencia frente a Hillary Clinton, la candidata más votada — superó a su rival por casi tres millones de votos —. Ahora vemos que al actual presidente de los Estados Unidos se le ha vuelto la tortilla.

Algo similar, sin llegar a tal extremo, le ocurrió a las elecciones generales de 1936 convocadas por la II República. Sin tener en consideración los rumores bastante fundandados de pucherazo electoral — práctica muy habitual por aquel entonces en España y en la mayoría del mundo — habría que decir que el Frente Popular — la colación de izquierdas — ganó las elecciones por un estrecho margen de poco más de 150.000 sufragios. Ese exiguo 1,5% más de votos le otorgó el 55% de los escaños a dicha coalición mientras que la coalición del Frente Nacional — la derecha — sólo obtuvo el 33%. Es decir, un 1,5% más de votos le otorga al vencedor un 60% más de escaños en el Congreso de los Diputados. He aquí un problema, que es el problema de siempre y que es el mismo problema que tiene Trump: el sistema electoral que se expresa en la Ley Electoral aplicable en cada caso. Y es que es obvio, mientras no sea el votante el que elija con su voto directo al presidente de su nación siempre vamos a tener este tipo de suspicacias. A la postre, no vale lo mismo un voto de una persona de Castellón, que de un ciudadano de Madrid u otro de Guipúzcoa. De aquellos polvos vienen estos lodos.

Y eso nos lleva a Largo Caballero. No diré PSOE porque aunque comparten siglas y símbolos poco o nada tiene que ver la formación política del año 1936 con respecto a la actual más allá de la actitud de nuestro señor presidente del Gobierno Pedro Sánche Castejón o el inefable José Luís Rodríguez Zapatero y sus respectivos secuaces. La inmensa mayoría de su militancia y sus votantes no merecen tal comparación. Y digo esto porque estos seres anteriormente nombrados siguen creyendo en fábulas figurativas que ven al socialismo como la antesala del colectivismo y la internacional socialista. Piensan que estamos en tiempo de lucha de clase y olvidan que el reparto de la riqueza, cosa que me parece necesaria, siempre debe estar a expensas de dos cosas, a saber: 1. contar con quien tiene el capital para que lo invierta y lo haga fluir y 2. disminuir el tamaño del estado que, en el caso de España, es una auténtica aberración con más de tres millones de servidores públicos y 400.000 políticos. Pero no, esta gente lo soluciona todo con gasto público con el dinero que no tiene a base de endeudamiento externo y subida de impuestos. Y mientras tanto los mal llamados sindicatos se mantienen en un discreto segundo plano no vaya a ser que sus matrices vayan a afearles otro tipo de conductas a sus brazos sindicales.

Y decía que eso nos lleva a Largo Caballero, a ese gran peligro político que lo fue, e inculto e ignorante hasta la médula. Un tipo que arengaba a la guerra civil si el Frente Popular no obtenían mayoría absoluta en las elecciones generales en 1936 y que veía el gobierno de la colación de izquierdas como el paso previo a una república socialista. Un individuo que preconizaba no creer en absoluto en la democracia y que ésta sólo era una vía para alcanzar la dictadura del proletariado. Un golpista condenado. Un tipo responsable a nivel intelectual del asesinato del líder de la oposición, Calvo Sotelo, el 12 de julio de 1936. Vamos, un bolchevique de libro. ¡Y qué decir de su amigo Indalecio Prieto…! En este punto recomiendo encarecidamente que se visionen sus discursos en YouTube, sobre todos los de principio del año 1936, los suyos y los de Dolores Ibarruri La Pasionaria, por ilustrar con hemeroteca lo que estoy comentando.

Tenemos servido el conflicto. Unos no lo quieren iniciar porque la comunidad internacional los condenaría a la derrota moral y política desde el primer momento. Otros tratan de seducir a los militares que se encuentran al borde de la sublevación por los desmanes y las denigraciones que para las fuerzas armadas ha provocado el gobierno del Frente Popular. Y entre medio potencias autoritarias deseando posicionarse y medir sus fuerzas fuera de sus fronteras. Era cuestión de tiempo y asesinando al jefe de la oposición política en el Congreso de los Diputados se esperaba el resultado acontecido.

Está claro, ¿no? Está suficientemente claro que el problema de la Guerra Civil tiene un origen político, ¿no? Pues no. Nos falta Franco, que es el mal de todos los males para algunos y un santo cruzado para otros. Pues oiga no, que este señor pasaba por allí y se aprovechó.

Que los militares estaban preparando una sublevación con resultado de golpe de estado era un secreto a voces. Uno de esos chascarrillos comunes en los pasillos del Congreso de los Diputados. Acordémonos de la Sanjurjada. De hecho es el general Sanjurjo el que está detrás de todos los preparativos para el alzamiento militar del 18 de julio de 1936. No se iba a producir en aquellas fechas, pero la muerte a manos de militantes de izquieras vinculados con el PSOE enciende la mecha. Comienza la cuenta atrás. Sanjurjo no podrá ver si quiera el inicio de su obra porque un oportuno accidente aéreo cuando se disponía a volar desde Portugal a territorio nacional para unirse a la causa acaba con su vida. No será el único general muerto en extrañas circunstancias como anteriormente le ocurrió a Balmes y más tarde le ocurriría a Mola.

Franco se dejó querer y no se incorporó a la sublevación de manera oficial hasta el último momento, el último día a última hora. La excusa oficial fueron los bombardeos aéreos ordenados por el gobierno de la II República sobre las ciudades españolas en el norte de África de Ceuta, Melilla, Larache y Tetuán el 17 de julio. La realidad es que Francisco Franco Bahamonde estuvo conspirando desde el momento mismo que puso un pié en las Islas Canarias denigrado en el mando por parte de un gobierno temeroso de unos altos mandos africanistas afines a Sanjurjo que podían unir a su causa a la alta oficialidad militar en la península. Al principio sus aspiraciones eran modestas y estaría a la orden de Sanjurjo siendo Mola el líder de la sublevación y la propia campaña en territorio peninsular. Pero algo hizo cambiar a Franco de opinión y fue alguién que ostentaba su mismo apellido: su hermano Nicolás. El resto de la historia la sabemos, de cómo llegó a generalísimo a expensas del masón Cabanelles y la Junta de Defensa, de como se quitó toda competencia y como Serrano Súñer, a la sazón su cuñadísimo, le instruyó como pudo en materia política y económica dado que el primero carecía de todo tipo de conocimiento o formación en estas materias. Resumen: Franco fue un conspirador y un advenedizo que se deshizo físicamente de quien le molestó, hasta de José Antonio Primo de Rivera cuya imagen e ideología instrumentalizó.

Matanza del Cuartel de Montaña, Madrid. Fue el lugar elegido por el General Fanjul para proclamar la sublevación en la capital. Fue tomado por la Guardia Civil y la Guardia de Asalto leal al Gobierno de la II República y milicias populares el 20 de julio de 1936 causando casi un millar de muertos entre las tropas de la guarnición, muchos de los cuales trataron de rendirse enarbolando banderas blancas.

¿Que pasó? Que en la retaguardia, lejos del frente, los de izquierdas radicales cometieron crímenes de fanáticos ideológicamente adoctrinados y los de derecha mataban a sus enemigos ideológicos con método, con disciplina militar. Unos para robar bienes y enajenar inmuebles, luchar contra el rico o incluso el pequeño propietario o comerciante que se negaba a colectivizar sus bienes y propiedades con milicias que no combatían y se dedicaban a delinquir sin control quemando iglesias y matando religiosos. Otros porque el cura de turno se sentía ofendido porque tal o cual no iba a misa o no era un buen católico, en represalia por actos vandálicos contra propiedades de la Iglesia o en venganza de asesinatos de correligionarios. Vamos, nada de poner la otra mejilla, ni de misericordia o piedad. En tiempo de guerra todo agujero es trinchera. Cualquier escusa es válida para resarcir envidias, despechos, desplantes e incluso por lemas de lindes. Pero vaya, que todos mataban. A lo mejor esperábamos que en la guerra no se hicieran cosa de guerra.

Y en medio de aquello los españoles de bien. La inmensa mayoría de personas que, aún simpatizando con uno o otro lado de la bancada política nunca alzarían su mano para causarle al otro el menor daño. Hombres reclutados a golpe de amenaza en levas obligatorias para uno u otro bando. Rojos combatiendo en el bando Nacional por mera ubicación geográfica. Fascistas combatiendo en las filas del Ejército Popular por mera casualidad. Combatientes, carentes en su mayoría de ideología o preferencia, combatiendo contra iguales por mantener su integridad física simplemente. Chaqueteando de un bando a otro para ver a su familia, reunirse con sus hermanos en el frente o para no ser asesinado al ser copado o tomado como prisionero. Unos con comisarios políticos que eran capaces de asesinar combatientes por la espalda si los veían flaquear en el asalto. Otros con capellanes que bendecían armas y auspiciaban en honor de Dios el exterminio del enemigo. ¿Diferencias? De terminología, estéticas, las que puede suponer las resultantes de un choque de una religión política y una religión milenaria con seres humanos como rehenes combatientes. Decía un oficial cuando yo era militar profesional que para la tropa la guerra se reduce a un momento en que decides quién llorará si tu familia o la del adversario, porque si te paras a pensar que quien viene de frente tiene una vida, familia, amigos, no le disparas.

Masacre de Badajoz. Tras la huída despavorida de las milicias del Frente Popular ante la inminente caída de la ciudad, los ex combatientes o sospechosos izquierdistas fueron fusilados masiva y sistemáticamente por orden del General Yagüe — en adelante conocido como El Carnicero de Badajoz — del bando Nacional.

La guerra terminó y se impuso un régimen más o menos autoritario que el que hubiera surgido si el Frente Popular hubiera salido victorioso de la contienda. No era monárquico, ni era fascista, era Franco y toda una pléyade de oportunistas que sacaron a los políticos de la política y instituyeron su propia casta, para bien y para mal. Se revistió de Falange, de Carlismo, de un aura de monarquía que no fue pero que recordó a España su mística, su leyenda y sus grandes hitos y le sirvió de asidero al pequeño Paquito, al General más joven de Europa, a quien Francia condecorará con la Legión de Honor, el más condecorado por la II República. ¡Pero si engaño hasta al mismísimo Alfonso XIII! El cuarenta años de Franco y sus consecuencias.

Ahora Franco está en boca de todos por la causa populista. Causa que no entiende de izquierdas o derechas sino de arrastrar al populacho con una dialéctica vacía y malintencionada. Saben que la Guerra Civil levanta las pasiones de uno y otro lado del pueblo que, erróneamente, cree su ser querido represaliado o asesinado por ser católico defendía unos determinados ideales encarnados en determinadas formaciones políticas en la actualidad. Lo siento señores, nada más lejos de la realidad. Muchos fueron carne de cañón o expiación de venganzas primigenias como el mismo Federico García Lorca. Otros fueron pasto de radicales cobardes que nunca pisaron el frente pero mataban a personas de bien como conejos, unos vilmente y otros con método. Unos fusilaban en la tapia del cementerio, otros directamente en los bordes de fosas comunes dentro camposantos incluso con curas presentes. Pero la gran mayoría de quienes combatieron lo hicieron coyunturalmente, por pura casualidad o instinto de conservación. Esas personas son las que cerraron su etapa y trataron de volver a sus vidas dando por hecho que se podía obviar la libertad política en aras de una convivencia pacífica. Los mismos ex combatientes que en su mayoría veían con estupor en que se convertía la vida política de España durante la década de los 80 y 90, y gracias que hoy casi no queda nadie para ver en que se ha convertido el cuento.

Vamos a hacernos un favor y no confundamos a estos ex combatientes con los envalentonados politicuchos que huyeron al exilio a la primera de cambio y comandaron su lucha contra el régimen desde París o Moscú. O los que escalaron puestos en el régimen como falsos falangistas tradicionalistas o afectos al régimen, casos similares a los Vestrynge y fauna similar. No confundamos a los comisarios políticos del Ejército Popular o a los páter castrenses — curas militares —, agentes adoctrinadores y/o evangelizadores, a los requetés o falangistas fanatizados o a las milicias de radicales izquierdistas todos con sed de sangre y venganza con los ex combatientes accidentales víctimas bélicas de una guerra entre hermanos. No confundamos a la Iglesia Católica con algunos clérigos ambiciosos y criminales que vieron la oportunidad de medrar en el escalafón eclesiástico patrio y vengar la creciente desafección religiosa del pueblo español causada por un estamento religioso alejado del pueblo y de la realidad. Nada que ver por favor. Ni todos eran falangistas — ni mucho menos — ni todos eran milicias de postureo.

Y después de aquella guerra la vida continuó. ¿Recordáis el final de Juego de Tronos? Pues igual.

Mi alegato va en favor de huir del populismo barato que se vomita constantemente en medios y redes sociales. Huyamos de lo que algunos líderes políticos con cargos electos en el actual Gobierno de España fomentan por obra u omisión. Huyamos de ese revanchismo vacuo que muchos sienten porque son incapaces de ver que la gran mayoría de sus antecesores que enarbolan como víctimas del franquismo o víctimas de la retaguardia republicana quizá no eran si quiera correligionarios reales de la causa por la que murieron y que, casi con total seguridad, murieron gentes de su familia víctimas de uno u otro bando en retaguardias o campos de batalla.

En la guerra sólo hay honor para el soldado profesional, el que lo es por vocación. No lo hay para el pueblo obligado a combatir en nombre de unos líderes que fallaron en su mandato, que no pierden sus vidas y mandan a quiénes debieran proteger a que la pierdan por sus ideas, por las ideas de sus líderes. Y aunque muchos combatiríamos por nuestra patria, nuestras ideas, nuestras familias, nuestros amigos o nuestro vecinos, ¿valdría la pena hacerlo por culpa de quiénes no supieron hacer honor a los designios de la soberanía nacional? ¿Alguien iría al frente por ideologías prostituidas de mano de unos políticos ineptos y mediocres? ¿Quién es el enemigo? Sin nosotros ellos no son nadie.

La próxima vez que alguien desee dejarse llevar en brazos del populismo barato que vomitan determinados líderes populistas, alguno de ellos, partidos que antes eran constitucionalistas en todos los sentidos, que se pare a pensar. No dejemos que nos enfrenten. No nos dejemos engañar.

No hubo héroes

Llevo mucho tiempo dandole vueltas a este asunto de escribir un artículo sobre mi opinó sobre lo que ocurre de manera re cursiva y casi permanente en este país con respecto a la llamada internacionalmente como Spanish War y que aquí nos empeñamos en seguir llamando Guerra Civil.

Lo primero es hacer una declaración de intenciones. Quién me conoce de cerca sabe que soy algo controvertido en cuanto a ideas políticas se refiere. Lo que en otras partes del mundo es lo habitual en España pasa a ser algo raro. ¿Un republicano de derechas? ¿Hay que habla de intervencionismo y nacionalizaciones de recursos de derechas? Claro, es normal en un país donde hemos creído la falacia absurda y malintencionada de la dualidad que entrañan las equitaciones derecha = monarquía e izquierdas = república. Todo más falso que un billete de 30€. Yo por te trato, soy uno de esos rara había que me considero de centro derecha y republicano, aspectos estos dos detonantes del golpe del 36, por qué no decirlo.

Para empezar a explicar hay que tener en cuenta que llevamos desde 1978 contando el final de nuestra más reciente contienda en suelos patrio desde el punto de vista de los perdedores, sí, de los perdedores. A alguien le pareció que era el mejor modo de resarcir a socialistas y comunistas, perdedores de la guerra, por el mal sufrido. A cambio el socialismo y el comunismo, encarnados en la siempre controvertida persona del criminal de guerra Santiago Carrillo, se declaraban monárquicos de necesidad. ¿Estamos locos? ¡Increíble!

Es a partir de inicio de nuestra llamada transición que se hacen concesiones contra natura de ésta índole. Llegarán las Comunidades Autónomas y con ellas sus verdades y sus historias manipuladas. Así pues nadie en la Cataluña democrática conoce que la ahora Comunidad Autónoma de Aragón disponía de salida al mar por la actual provincia de Tarragona, o que ganaron territorio subiendo por el Ebro en los primeros compases de la Guerra del 36, o que Andalucía en un invento de la transición, o que se regalaron nuestras posesiones de ultramar del Sahara, Ifni, Rif o Guinea Ecuatorial en pro de una futura entrada en la Comunidad Económica Europa y en la OTAN.

Luego, estas verdades obvian intencionadamente el papel de las fuerzas exógenas en nuestra nefasta contienda fratricida. El papel de la Alemania Nazi, de la Francia del Frente Popular o la Rusia de Stalin. Hay mentes interesadas que son capaces de conseguir censurar un reportaje de televisión para que no afirme que en España comenzó la II Guerra Mundial. Y esto encierra toda una serie de verdades que condicionarían mucho la imagen que tenemos de nuestra mal llamada Guerra Civil. No interesa afirmar por el peso de los hechos y la indeleble verdad que a ofrece la perspectiva sobre la historia que en España el comunismo más letal e inhumano perdió su única guerra. Lamentablemente, los españoles fuimos unos títeres en manos de esas fuerzas, fuerzas que nos obligaron a matarnos entre hermanos porque, pensaban, aquel sería el último capítulo en el exterminio de una nación que una vez los dominó a todos. No interesa saber que los Estados Unidos, por obra y omisión de sus secuaces Británicos y Franceses, avivaban los fuegos de la confrontación esperando que los soviets entraran a medir sus fuerzas y juntos arrasaran un país que deseaban desmantelar desde 1898 para luego poner un pie en Europa. Y lo hicieron. Y estos últimos perdieron.

Erraron, como erró Napoleón, y el español renace. Y esto no interesa. No cesaron hasta el nos obligaron a entrar en la OTAN y en la Comunidad Económica Europea. Desde luego no se puede negar la idoneidad de tales incorporaciones en muchísimos casos. El balance obviamente es positivo, pero no por ello debemos olvidar el precio que tuvimos que pagar y que seguimos pagando. Nosotros, gobierne quien gobierne, no nos gobernamos.

Y volvamos a la guerra, donde hombres poderosos que se conocen mandan a jóvenes que no se conocen a matarse entre ellos hasta que los primeros deciden ponerse de acuerdo. ¿Tan diferente era esa guerra de lo que pasa hoy en Siria? Mismos actores con diferentes nombres son los que doblegan las voluntades de los autóctonos para que se elimine entre ellos y dejen paso al libre mercado yankee o al paternalismo ruso. Al fin y al cabo, imperialismo. Al fin y al cabo lo mismo.

Si queremos evolucionar como país debemos pensar en la reconciliación de verdad. Las guerras, una vez perdidas o ganadas, deben quedarse en el campo de batalla. No sirve de nada llevar un constante revisionismo histórico algo que debe ser perdonado, que no olvidado. Todos, absolutamente todos -hasta Franco-, tuvimos familiares batallando en ambos bandos. Todos tendrían sus motivos. Pero sobre todo, porque la democracia falló estrepitosamente y, algunos de los que antaño fueron valedores de la II República Española, se sublevaron contra el orden inquisitorial establecido antidemocráticamente. Todos fueron villanos, no hubo héroes.

Dejemos descansar los muertos en paz. Conservemos los monumentos como testimonio de un tiempo aciago para nosotros los españoles, enseñemos a nuestros niños y jóvenes la verdad y no la doctrina. Construyamos una gran España, federal o de la autonomías, en la que otros hermanos puedan venir a unirse, pero una de todos. ESPAÑA.