En la línea de mis escritos políticos quiero seguir escribiendo mis pensamientos y pareceres. En mi artículo anterior hablaba sobre el populismo político que tanto ha arraigado en los últimos años en nuestro país. Lo hacía en base a al guerracivilismo de base que se ha instaurado en la retórica política del día a día patrio. El que más o el que menos se ha visado tentado por dicho populismo e incluso se ha visto escorado hacia él creyendo que era lo más indicado en base a nuestra conciencia política individual.

El que más o el que menos, solemos hacer examen de conciencia y realizamos ejercicios de autocrítica. Bueno, si no somos servidores cautivos fanatizados ideológicamente. Y los hacemos porque es sano y porque la gente de bien, la gente de a pié, suele variar su pensamiento en función de los acontecimientos y de los conocimientos que van adquiriendo. Llega un punto donde te cuestionas si contribuir a la polarización extrema es positivo y si eso no va a contribuir también a que las posiciones se enconen, se alejen y se cree una brecha que en un momento dado puede ser irreconciliable mediante dialéctica, negociación o democracia.

Pero claro, el espectro político precio al 15M era el que era. En realidad, un bipartidismo salpicado de nacionalismo con aspiracionismos independentistas varios. Un espectro muy militado, muy centrado, donde las diferencias ideológicas eran muy poco importantes a la postre. Un espacio político muy apropiado para la alternancia de las fuerzas políticas imperantes en el Gobierno de la nación por el que combatir en base a pequeñas diferencias programáticas cada cuatro años.

Fue un movimiento el que capitalizó el descontento ante una crisis devastadora en lo económico y social que el presidente de turno, inexperto y buenista, acrecentó en nuestro país pinchando la burbuja inmobiliaria porque era necesario un nuevo modelo productivo en España. No sabía cual, pero otro. Con él y sus movimientos ineficaces llegaron los primeros recortes sociales que nadie recuerda pero fueron los más grandes. Pero ahí estaba quien apuntalaría la ideología, a la postre capitalizando la inercia generada por un movimiento aparentemente espontáneo. Primero los círculos donde gentes de toda ideología y condición contribuían con ideas, pensamientos y acciones. Mientras tanto aquellas acampadas legendarias, aquella camaradería, aquellas declaraciones huyendo de ideologías de cara a la galería, aquella cobertura inusitada de aquellas nuevas cadenas de televisión privadas que querían ganar notoriedad… Luego ya sabríamos quién era Espinar, Iglesias o Errejón, señores vinculados con los movimientos sindicalistas y comunistas en la Complutense de Madrid, aprendices de Monedero, evangelizadores de un nuevo socio comunismo a medida de quienes siendo niños acomodados de la capital nos convencieron de que eran proletarios desposeídos de la tierra. había nacido Podemos — y muchos no nos habíamos enterado —.

Yo estuve en alguno de aquellos momentos en mi población. Tenía mucha curiosidad. ¿Sería verdad? ¿Había despertado la conciencia social por fin? Conocí a gentes, verdaderos proletarios del siglo XXI, con ideas, con argumentos, que comenzaron a dar forma al primigenio Podemos. Sin recursos y pidiendo muchos favores fueron abriendo círculos en pequeñas poblaciones. Conversaba con ellos de Keynes, de Hayek, de el verdadero socialismo y de porque el socialismo actual era una gran mentira revestida de progresismo. De como militaristas habían copado revoluciones socialistas para establecer comunismos alejados del objetivo real del colectivismo. Esa gente buscan llegó a ser relevante en Podemos. Los arquitectos del proyecto no tenían los mismos objetivos. Tenían, ahora lo sabemos, otros.

Y Podemos lanzó la primera piedra del guerracivilismo en forma de victimismos. El proletario del imaginario podemita, desheredado de la tierra, explotado por el capital ahora era el perdedor injusto de una guerra que le sobrevino. Y la gente les creyó. El terreno estaba ya abonado por cierta Ley de Memoria Histórica construida ad hoc para bando perdedor por un inefable presidente del Gobierno de España del siglo XXI anteriormente nombrado sobre estas líneas. La cuestión era poner en valor ya no la II República sino el período donde gobernó la coalición de todas las izquierdas establecida bajo la denominación de Frente Popular. No importaban los latrocinios y crímenes perpetrados durante su legislatura. Los asesinatos. Las colectivizaciones forzosas. El asesinato del jefe de la oposición Calvo Sotelo.

En mi anterior artículo No nos dejemos engañar me extiendo explicando como las formaciones políticas inherentemente faltan a la verdad y la manipulan para que creamos en el dogma en que se basa su línea ideológica. Es como cuando se pelean dos niños pequeños: cada uno nos dirá lo que nos quiera contar para que nos posicionemos a su favor. Es lo que hacen, y caemos en su trampa casi sin darnos cuenta. Y esto es así porque la mayoría de las veces seleccionamos nuestro posicionamiento ideológico, el partido político al que votar, nuestro bando por antagonismo al que nos produce rechazo. Y de esto, también se valen.

La política en la actualidad no es una vocación altruista para mejorar las condiciones de nuestra sociedad, si es que alguna vez lo fue. La política actual ha mutado de un oficio remunerado a una profesión que incluso dispone de planes formativos en centros universitarios de todo el planeta. En pocas palabras, se estudia para ser político y el hecho de disponer de un título de Ciencias Políticas parece ser una patente de corso en el ejercicio de la función política. Por eso no debemos extrañarnos si cada vez tenemos más tipos y tipas mediocres forjados en sindicatos estudiantiles y en juventudes políticas como único currículum profesional. Lo verdaderamente preocupante es que la gente lo valore como un verdadero mérito. Y es que hay muchas personas que confían plenamente en el predicamento de Pablo Iglesias o Juan Carlos Monedero porque estudiaron Ciencias Políticas y ellos saben mucho de eso. Sí, claro, estudiaron teoría política en un feudo izquierdista para manipularnos con más facilidad.

De igual modo podemos diseccionar el lado contrario, la derecha extrema, en base a sus méritos o desméritos. Es el marketing de la política actual. Imaginemos que yo, alguien que no puede escalar más puestos en mi partido creo mi nueva formación para capitalizar — y vaya si lo ha hecho — el ala más extrema del partido al que pertenecía. incluyo a un boina verde — de reemplazo — y un secuestrado víctima de ETA y echo a rodar. Sólo que no cuento con los franquistas, falangistas y requetés — carlistas tradicionalistas — que ven en mi bebé el feudo más aproximado a su espectro ideológico y que algún disgusto me van a dar. Postulados de derechas sin paliativos, vocabulario directo, España primero y una pléyade de nostálgicos con ganas de encontrar un asidero ideológico dejan libre el paso hacia el Congreso de los Diputados. Nació Vox.

Pero ante todo, no dejemos de lado el proceso por el cual estas formaciones aparecen. Sin tener en cuenta a Ciudadanos que, como UPyD, nacen con vocación de centro progresista y con vocación no independentista de los primeros, el advenimiento de los nuevos extremos no es más que una intencionalidad de nueva conciencia de izquierda popular en el caso de Podemos y la respuesta por la derecha, igualmente dentro de un espectro radical, de Vox. Causa efecto en su más pura acepción. Aunque quizá los grandes partidos no calibraron el daño.

Podemos no robó votos a IU — la coalición de izquierdas española por antonomasia —, no al menos los que cabría esperar. Más bien con Podemos comenzó la sangría del PSOE. Sangraría que forzaría el vuelco ideológico de una de las formaciones hegemónicas de la democracia nacional que la descendería a los infiernos y le haría volver al marxismo leninismo, al socialismo rancio, a alejarse del progresismo moderno. De hecho pudimos observar como un candidato defenestrado logró volver al seno del partido cual hijo pródigo y asistimos estupefactos a las purgas son cuartel que perpetró ante toda disidencia. Tremebundo pero cierto. Y pagando las consecuencias de dichos actos y de la carrera por alcanzar a cualquier precio la Moncloa obtenemos todos los movimientos ideológicos dentro del Consejo de Ministros y del Gobierno de España que observamos alejados diametralmente de las necesidades reales del pueblo español. Un megalómano y un teórico del socialismo más anacrónico, mano a mano, a los mandos de la nación más antigua de Europa.

Del PP poco. Ni ha estado ni se le ha esperado durante mucho tiempo. Las rivalidades internas sólo contribuyeron a que Ciudadanos y Vox, por turnos y por regiones, canibalizaran si electorado. Y durante mucho tiempo pareciera que no importara en el seno de Génova. Su líder, bastante insulso al principio, no sabía muy bien cual era su espectro, su target como se dice en marketing. La derechita cobarde les llamaban los que hace poco formaban parte de sus filas. Y sufrieron sangría, vaya que sí, tanta como para que con sus votos se conformara una tercera política en el arco parlamentario del Congreso de los Diputados. Sólo ahora su primera espada parece haber entendido cuál es su papel y comienza a pugnar por recuperar su lugar en el centro derecha aunque sea a costa de jar gobernar el país al peor de los presidentes en democracia de la historia de España.

Suele hacer alegatos finales y este lo va a ser. No dejemos que nos arrebaten el centro, que nos lleven hacia los extremos, porque es lo que muchos quieren. Saben que las pasiones mueven montañas, y es cierto, pero las pasiones también despiertan los más bajos instintos del ser humano. Apostemos por la moderación, la altura de mira y el sentido de estado que ahora mismo está faltando.

No nos dejemos engañar

Hace mucho tiempo que la política en España se está radicalizando en sus posturas fundamentales. Sí, es cierto que este proceso también se está produciendo en el resto de los países de nuestro entorno y parece ser una tendencia. Pero es que en nuestro país toman un tinte más funesto si cabe la radicalización y las tesis meramente populistas de la izquierda y la derecha cuando tenemos todavía fresca una guerra, la de España, que tanto dolor causó por una situación muy similiar en terminos de posicionamientos políticos.

Nos hemos radicalizado y no nos hemos dado cuenta, y han tenido que venir autores como Arturo Pérez-Reberte o directores como Alejandro Amenábar a mostrarmos con su obras que en todas las casas cuecen habas, y en la mía a pucherazos. Y es que todo el posicionamiento doctrinal en matería política de este país viene a resultas de la Guerra Civil. Lo chocante es que prácticamente nadie conoce dicho conflicto con suficiente profundidad para huir de posiciones acérrimas y observarla desde una perspectiva dada que explicará los hechos por ellos mismos. Una guerra es una guerra, en una gueraase mata en el frente, pero también en la retaguardia. Y cuando una guerra llega es porque el resto de los recursos han fallado o se ha propiciado su fallo.

Estos días podemos observar uno de los motivos últimos de nuestra postrera guerra fraticida en el recuento electoral de Estados Unidos. Todo lo que no sea un sistema donde cada voto valga lo mismo es injusto. Y en Estados Unidos ocurre que los votos otorgan compromisarios y puede darse, y se da, el hecho de tener más votos en general en un estado de la unión y sin embargo no ganar los compromisnarios del mismo. Es por eso mismo que el señor Donald Trump obteniendo menos votos en el global de la unión consiguió la presidencia frente a Hillary Clinton, la candidata más votada — superó a su rival por casi tres millones de votos —. Ahora vemos que al actual presidente de los Estados Unidos se le ha vuelto la tortilla.

Algo similar, sin llegar a tal extremo, le ocurrió a las elecciones generales de 1936 convocadas por la II República. Sin tener en consideración los rumores bastante fundandados de pucherazo electoral — práctica muy habitual por aquel entonces en España y en la mayoría del mundo — habría que decir que el Frente Popular — la colación de izquierdas — ganó las elecciones por un estrecho margen de poco más de 150.000 sufragios. Ese exiguo 1,5% más de votos le otorgó el 55% de los escaños a dicha coalición mientras que la coalición del Frente Nacional — la derecha — sólo obtuvo el 33%. Es decir, un 1,5% más de votos le otorga al vencedor un 60% más de escaños en el Congreso de los Diputados. He aquí un problema, que es el problema de siempre y que es el mismo problema que tiene Trump: el sistema electoral que se expresa en la Ley Electoral aplicable en cada caso. Y es que es obvio, mientras no sea el votante el que elija con su voto directo al presidente de su nación siempre vamos a tener este tipo de suspicacias. A la postre, no vale lo mismo un voto de una persona de Castellón, que de un ciudadano de Madrid u otro de Guipúzcoa. De aquellos polvos vienen estos lodos.

Y eso nos lleva a Largo Caballero. No diré PSOE porque aunque comparten siglas y símbolos poco o nada tiene que ver la formación política del año 1936 con respecto a la actual más allá de la actitud de nuestro señor presidente del Gobierno Pedro Sánche Castejón o el inefable José Luís Rodríguez Zapatero y sus respectivos secuaces. La inmensa mayoría de su militancia y sus votantes no merecen tal comparación. Y digo esto porque estos seres anteriormente nombrados siguen creyendo en fábulas figurativas que ven al socialismo como la antesala del colectivismo y la internacional socialista. Piensan que estamos en tiempo de lucha de clase y olvidan que el reparto de la riqueza, cosa que me parece necesaria, siempre debe estar a expensas de dos cosas, a saber: 1. contar con quien tiene el capital para que lo invierta y lo haga fluir y 2. disminuir el tamaño del estado que, en el caso de España, es una auténtica aberración con más de tres millones de servidores públicos y 400.000 políticos. Pero no, esta gente lo soluciona todo con gasto público con el dinero que no tiene a base de endeudamiento externo y subida de impuestos. Y mientras tanto los mal llamados sindicatos se mantienen en un discreto segundo plano no vaya a ser que sus matrices vayan a afearles otro tipo de conductas a sus brazos sindicales.

Y decía que eso nos lleva a Largo Caballero, a ese gran peligro político que lo fue, e inculto e ignorante hasta la médula. Un tipo que arengaba a la guerra civil si el Frente Popular no obtenían mayoría absoluta en las elecciones generales en 1936 y que veía el gobierno de la colación de izquierdas como el paso previo a una república socialista. Un individuo que preconizaba no creer en absoluto en la democracia y que ésta sólo era una vía para alcanzar la dictadura del proletariado. Un golpista condenado. Un tipo responsable a nivel intelectual del asesinato del líder de la oposición, Calvo Sotelo, el 12 de julio de 1936. Vamos, un bolchevique de libro. ¡Y qué decir de su amigo Indalecio Prieto…! En este punto recomiendo encarecidamente que se visionen sus discursos en YouTube, sobre todos los de principio del año 1936, los suyos y los de Dolores Ibarruri La Pasionaria, por ilustrar con hemeroteca lo que estoy comentando.

Tenemos servido el conflicto. Unos no lo quieren iniciar porque la comunidad internacional los condenaría a la derrota moral y política desde el primer momento. Otros tratan de seducir a los militares que se encuentran al borde de la sublevación por los desmanes y las denigraciones que para las fuerzas armadas ha provocado el gobierno del Frente Popular. Y entre medio potencias autoritarias deseando posicionarse y medir sus fuerzas fuera de sus fronteras. Era cuestión de tiempo y asesinando al jefe de la oposición política en el Congreso de los Diputados se esperaba el resultado acontecido.

Está claro, ¿no? Está suficientemente claro que el problema de la Guerra Civil tiene un origen político, ¿no? Pues no. Nos falta Franco, que es el mal de todos los males para algunos y un santo cruzado para otros. Pues oiga no, que este señor pasaba por allí y se aprovechó.

Que los militares estaban preparando una sublevación con resultado de golpe de estado era un secreto a voces. Uno de esos chascarrillos comunes en los pasillos del Congreso de los Diputados. Acordémonos de la Sanjurjada. De hecho es el general Sanjurjo el que está detrás de todos los preparativos para el alzamiento militar del 18 de julio de 1936. No se iba a producir en aquellas fechas, pero la muerte a manos de militantes de izquieras vinculados con el PSOE enciende la mecha. Comienza la cuenta atrás. Sanjurjo no podrá ver si quiera el inicio de su obra porque un oportuno accidente aéreo cuando se disponía a volar desde Portugal a territorio nacional para unirse a la causa acaba con su vida. No será el único general muerto en extrañas circunstancias como anteriormente le ocurrió a Balmes y más tarde le ocurriría a Mola.

Franco se dejó querer y no se incorporó a la sublevación de manera oficial hasta el último momento, el último día a última hora. La excusa oficial fueron los bombardeos aéreos ordenados por el gobierno de la II República sobre las ciudades españolas en el norte de África de Ceuta, Melilla, Larache y Tetuán el 17 de julio. La realidad es que Francisco Franco Bahamonde estuvo conspirando desde el momento mismo que puso un pié en las Islas Canarias denigrado en el mando por parte de un gobierno temeroso de unos altos mandos africanistas afines a Sanjurjo que podían unir a su causa a la alta oficialidad militar en la península. Al principio sus aspiraciones eran modestas y estaría a la orden de Sanjurjo siendo Mola el líder de la sublevación y la propia campaña en territorio peninsular. Pero algo hizo cambiar a Franco de opinión y fue alguién que ostentaba su mismo apellido: su hermano Nicolás. El resto de la historia la sabemos, de cómo llegó a generalísimo a expensas del masón Cabanelles y la Junta de Defensa, de como se quitó toda competencia y como Serrano Súñer, a la sazón su cuñadísimo, le instruyó como pudo en materia política y económica dado que el primero carecía de todo tipo de conocimiento o formación en estas materias. Resumen: Franco fue un conspirador y un advenedizo que se deshizo físicamente de quien le molestó, hasta de José Antonio Primo de Rivera cuya imagen e ideología instrumentalizó.

Matanza del Cuartel de Montaña, Madrid. Fue el lugar elegido por el General Fanjul para proclamar la sublevación en la capital. Fue tomado por la Guardia Civil y la Guardia de Asalto leal al Gobierno de la II República y milicias populares el 20 de julio de 1936 causando casi un millar de muertos entre las tropas de la guarnición, muchos de los cuales trataron de rendirse enarbolando banderas blancas.

¿Que pasó? Que en la retaguardia, lejos del frente, los de izquierdas radicales cometieron crímenes de fanáticos ideológicamente adoctrinados y los de derecha mataban a sus enemigos ideológicos con método, con disciplina militar. Unos para robar bienes y enajenar inmuebles, luchar contra el rico o incluso el pequeño propietario o comerciante que se negaba a colectivizar sus bienes y propiedades con milicias que no combatían y se dedicaban a delinquir sin control quemando iglesias y matando religiosos. Otros porque el cura de turno se sentía ofendido porque tal o cual no iba a misa o no era un buen católico, en represalia por actos vandálicos contra propiedades de la Iglesia o en venganza de asesinatos de correligionarios. Vamos, nada de poner la otra mejilla, ni de misericordia o piedad. En tiempo de guerra todo agujero es trinchera. Cualquier escusa es válida para resarcir envidias, despechos, desplantes e incluso por lemas de lindes. Pero vaya, que todos mataban. A lo mejor esperábamos que en la guerra no se hicieran cosa de guerra.

Y en medio de aquello los españoles de bien. La inmensa mayoría de personas que, aún simpatizando con uno o otro lado de la bancada política nunca alzarían su mano para causarle al otro el menor daño. Hombres reclutados a golpe de amenaza en levas obligatorias para uno u otro bando. Rojos combatiendo en el bando Nacional por mera ubicación geográfica. Fascistas combatiendo en las filas del Ejército Popular por mera casualidad. Combatientes, carentes en su mayoría de ideología o preferencia, combatiendo contra iguales por mantener su integridad física simplemente. Chaqueteando de un bando a otro para ver a su familia, reunirse con sus hermanos en el frente o para no ser asesinado al ser copado o tomado como prisionero. Unos con comisarios políticos que eran capaces de asesinar combatientes por la espalda si los veían flaquear en el asalto. Otros con capellanes que bendecían armas y auspiciaban en honor de Dios el exterminio del enemigo. ¿Diferencias? De terminología, estéticas, las que puede suponer las resultantes de un choque de una religión política y una religión milenaria con seres humanos como rehenes combatientes. Decía un oficial cuando yo era militar profesional que para la tropa la guerra se reduce a un momento en que decides quién llorará si tu familia o la del adversario, porque si te paras a pensar que quien viene de frente tiene una vida, familia, amigos, no le disparas.

Masacre de Badajoz. Tras la huída despavorida de las milicias del Frente Popular ante la inminente caída de la ciudad, los ex combatientes o sospechosos izquierdistas fueron fusilados masiva y sistemáticamente por orden del General Yagüe — en adelante conocido como El Carnicero de Badajoz — del bando Nacional.

La guerra terminó y se impuso un régimen más o menos autoritario que el que hubiera surgido si el Frente Popular hubiera salido victorioso de la contienda. No era monárquico, ni era fascista, era Franco y toda una pléyade de oportunistas que sacaron a los políticos de la política y instituyeron su propia casta, para bien y para mal. Se revistió de Falange, de Carlismo, de un aura de monarquía que no fue pero que recordó a España su mística, su leyenda y sus grandes hitos y le sirvió de asidero al pequeño Paquito, al General más joven de Europa, a quien Francia condecorará con la Legión de Honor, el más condecorado por la II República. ¡Pero si engaño hasta al mismísimo Alfonso XIII! El cuarenta años de Franco y sus consecuencias.

Ahora Franco está en boca de todos por la causa populista. Causa que no entiende de izquierdas o derechas sino de arrastrar al populacho con una dialéctica vacía y malintencionada. Saben que la Guerra Civil levanta las pasiones de uno y otro lado del pueblo que, erróneamente, cree su ser querido represaliado o asesinado por ser católico defendía unos determinados ideales encarnados en determinadas formaciones políticas en la actualidad. Lo siento señores, nada más lejos de la realidad. Muchos fueron carne de cañón o expiación de venganzas primigenias como el mismo Federico García Lorca. Otros fueron pasto de radicales cobardes que nunca pisaron el frente pero mataban a personas de bien como conejos, unos vilmente y otros con método. Unos fusilaban en la tapia del cementerio, otros directamente en los bordes de fosas comunes dentro camposantos incluso con curas presentes. Pero la gran mayoría de quienes combatieron lo hicieron coyunturalmente, por pura casualidad o instinto de conservación. Esas personas son las que cerraron su etapa y trataron de volver a sus vidas dando por hecho que se podía obviar la libertad política en aras de una convivencia pacífica. Los mismos ex combatientes que en su mayoría veían con estupor en que se convertía la vida política de España durante la década de los 80 y 90, y gracias que hoy casi no queda nadie para ver en que se ha convertido el cuento.

Vamos a hacernos un favor y no confundamos a estos ex combatientes con los envalentonados politicuchos que huyeron al exilio a la primera de cambio y comandaron su lucha contra el régimen desde París o Moscú. O los que escalaron puestos en el régimen como falsos falangistas tradicionalistas o afectos al régimen, casos similares a los Vestrynge y fauna similar. No confundamos a los comisarios políticos del Ejército Popular o a los páter castrenses — curas militares —, agentes adoctrinadores y/o evangelizadores, a los requetés o falangistas fanatizados o a las milicias de radicales izquierdistas todos con sed de sangre y venganza con los ex combatientes accidentales víctimas bélicas de una guerra entre hermanos. No confundamos a la Iglesia Católica con algunos clérigos ambiciosos y criminales que vieron la oportunidad de medrar en el escalafón eclesiástico patrio y vengar la creciente desafección religiosa del pueblo español causada por un estamento religioso alejado del pueblo y de la realidad. Nada que ver por favor. Ni todos eran falangistas — ni mucho menos — ni todos eran milicias de postureo.

Y después de aquella guerra la vida continuó. ¿Recordáis el final de Juego de Tronos? Pues igual.

Mi alegato va en favor de huir del populismo barato que se vomita constantemente en medios y redes sociales. Huyamos de lo que algunos líderes políticos con cargos electos en el actual Gobierno de España fomentan por obra u omisión. Huyamos de ese revanchismo vacuo que muchos sienten porque son incapaces de ver que la gran mayoría de sus antecesores que enarbolan como víctimas del franquismo o víctimas de la retaguardia republicana quizá no eran si quiera correligionarios reales de la causa por la que murieron y que, casi con total seguridad, murieron gentes de su familia víctimas de uno u otro bando en retaguardias o campos de batalla.

En la guerra sólo hay honor para el soldado profesional, el que lo es por vocación. No lo hay para el pueblo obligado a combatir en nombre de unos líderes que fallaron en su mandato, que no pierden sus vidas y mandan a quiénes debieran proteger a que la pierdan por sus ideas, por las ideas de sus líderes. Y aunque muchos combatiríamos por nuestra patria, nuestras ideas, nuestras familias, nuestros amigos o nuestro vecinos, ¿valdría la pena hacerlo por culpa de quiénes no supieron hacer honor a los designios de la soberanía nacional? ¿Alguien iría al frente por ideologías prostituidas de mano de unos políticos ineptos y mediocres? ¿Quién es el enemigo? Sin nosotros ellos no son nadie.

La próxima vez que alguien desee dejarse llevar en brazos del populismo barato que vomitan determinados líderes populistas, alguno de ellos, partidos que antes eran constitucionalistas en todos los sentidos, que se pare a pensar. No dejemos que nos enfrenten. No nos dejemos engañar.

La unión hace la fuerza

Vivimos tiempos convulsos, de eso no cabe la menor duda. La crisis de Cataluña no hace más que evidenciar un nuevo capítulo en el plan urdido siglos atrás para hacer desaparecer España. Muchos dirán que soy un conspiranoico o que estoy imbuido de un espíritu de hispanismo carente de todo revisionismo histórico fehaciente en pro de la afortunadamente malograda Leyenda Negra.

Trato de ser realista, pero cada día me cuesta ser menos optimista con respecto al asunto. Pensé que esta nueva corriente de hispanismo combativo había aparecido de manera más o menos aislada en la Península Ibérica, pero no es así. Recién me he encontrado con nuevas personas en Perú, Paraguay, Uruguay o México, por poner algunos ejemplos, que formulan nuestros mismos esquemas unionistas (o reunificacionistas) contando y anhelando que al final del periplo unionista de Iberoamérica (nunca Latinoamérica, por favor) España se unirá a ellos.

Es curioso. Lo digo desde la más sincera humildad, de corazón. ¡En España somos legión hermanos! Y es más, creemos que España, como alma mater de las Hispanidad, tiene el deber de liderar un proyecto de unión de los pueblos hispánicos de igual a igual. Se lo debemos a todos. Se lo debemos a la Hispanidad.

Al final todo es cuestión de tener voluntad de construir un mundo mejor. Desde el final de la II Guerra Mundial estamos atenazados entre dos bloques: Estados Unidos y Rusia. Poca importancia tiene que cayera la Unión Soviética y llegara la democracia en forma de Federación de Repúblicas Rusas. Al final es el mismo perro con distinto collar, con una férrea filosofía de vida eslava y una potente defensa de sus intereses. Muchos critican a Rusia, la mayoría, pero es encomiable y envidiable el hecho de anteponer su pueblo, su modo de vida y sus costumbres ante lo exógeno o exótico.

Es cierto, tenemos a China, India, Corea del Norte y alguna potencia que al final se alinean con los intereses de Rusia no por seguidos o o alianza, sino como contraposición a la alternativa useña. Siguen existiendo los dos bloques que eclosionaron tras la Guerra Fría y ser repartieron a placer entre ambos el control del mundo. Obligaron a todas las naciones del mundo a tomar partido, a alinearse, y los que trataron de mantenerse al margen fueron utilizados, atacados, vilipendiados.

Y es en este punto del presente intento de análisis donde toca hablar de una alternativa que se basa en la procedencia, en la lengua, en la cultura, en un modo de vida, en una filosofía vital para tratar de aunar voluntades en pro de un mundo mejor. Porque es ese el auténtico valor de un hipotético y deseado bloque hispano. Más que un bloque, un pueblo bajo una misma bandera, que sea capaz de llamar a las cosas por su nombre, que se sienta orgulloso de su historia porque de ella fue forjado el mundo actual. Un bloque con un pié en cada continente que aporte un enfoque diferente y muestre al resto del mundo que otro planeta es posible.

Amigos y amigas, la Hispanidad real, la Unión Hispánica comienza por nosotros mismos, por lo que estamos dispuestos a hacer por alcanzar nuestro objetivo. Desde Nueva España hasta Castilla, desde Paraguay hasta Valencia, desde Nápoles y Sicilia hasta Portugal, nuestro objetivo debiera ser un mundo mejor con un bloque que ayude a equilibrar el reparto de poder a nivel planetario. Un bloque que confine bajo una misma bandera a todos los pueblos hispanos, ibéricos o hispánicos.

Dirán que es una utopía, pero es bonito en pensar e una utopía de igualdad verdadera, más allá del color de la piel, con un ideal común y una cultura profunda y añeja como la que compartimos.