Agustín Gómez

Categoría: Historia

  • La verdad incómoda del valenciano

    La historia de los pueblos es un organismo vivo, una piel que muda constantemente a medida que la ciencia arroja luz sobre los rincones que quedaron en sombra. Durante demasiado tiempo, hemos aceptado relatos fundacionales monolíticos, simplificaciones escolares que nos daban seguridad pero nos hurtaban la verdad completa. En el caso de nuestra lengua, ese relato oficial tuvo un arquitecto brillante: Manuel Sanchis Guarner. Su figura es, sin duda, un gigante en nuestra historia reciente; con su obra cumbre, «La llengua dels valencians» (1933), nos devolvió el orgullo colectivo, sacando nuestro idioma del barro dialectal para elevarlo a los estantes de la alta cultura universitaria. Sin embargo, incluso los gigantes tienen pies de barro. La revisión crítica moderna ha comenzado a iluminar las profundas grietas de la tesis oficialista que Guarner y la escuela de Ramón Menéndez Pidal defendieron: la teoría de la «tabula rasa», esa idea de que el valenciano fue un «regalo» traído íntegramente en las alforjas de los conquistadores, como si antes de Jaume I, aquí solo hubiera silencio.

    El principal problema de esa teoría no es ideológico, es puramente matemático. Los números, sencillamente, no cuadran. Los registros históricos del Llibre del Repartiment cifran a los repobladores cristianos —catalanes en su mayoría, pero también un contingente aragonés nada despreciable— en un máximo de entre 9.000 y 11.000 personas durante la primera gran oleada. Pretender que este puñado de gente, dispersa en un territorio hostil, logró borrar del mapa el habla de más de 200.000 nativos hispano-romanos y musulmanes es un salto de fe que la sociolingüística moderna se resiste a dar. Las lenguas no se imponen por decreto. Aquí cobra fuerza imparable la tesis de la continuidad, defendida por filólogos como Leopoldo Peñarroja Torrejón: el pueblo hispano-romano nunca dejó de hablar su romance, un mozárabe valenciano rico y vivo que actuó como la verdadera cama sobre la que se acostó y transformó la lengua administrativa que trajeron los de fuera. No hubo una sustitución mágica; hubo una fusión lenta y determinante.

    Es vital entender este matiz: el valenciano no nació biológicamente el día que Jaume I entró en Valencia, pero sí nació políticamente con él. Y hay que ser rigurosos: ese mismo día también nació políticamente el catalán. Antes de ese momento fundacional, lo que había eran hablas románicas dispersas. Fue la voluntad del Rey Conquistador la que elevó ese romance a lengua de Estado. Obras cumbre como el Llibre dels Fets, dictada por el propio monarca, o documentos jurídicos pioneros como el Códice de Benifazá (la Carta Pobla de 1233, primer texto legal íntegramente en nuestro idioma en el Reino), demuestran que la institucionalización fue un acto deliberado. Els Furs de 1261 no inventaron el habla, pero le dieron el pasaporte oficial, sellando una unidad legal que trascendía fronteras.

    Sin embargo, ese pasaporte traía un problema envenenado: el nombre. Hemos pasado el último siglo atrapados en la trampa del gentilicio. A diferencia del «español», llamar al idioma común «catalán» es problemático porque utiliza el gentilicio de una parte para nombrar al todo. Para un valenciano o un balear, aceptar esa denominación se siente como una subordinación identitaria. Y aquí es donde deberíamos escuchar sugerencias cargadas de sentido común, como la que lanzó hace años el periodista Enric Juliana: si el nombre es la trampa que nos impide entendernos, tengamos la buena voluntad de buscar uno nuevo que nos satisfaga a todos. Si «catalán» hiere y «valenciano» se queda corto para otros, el problema no es la filología, es la convivencia. La solución requiere generosidad, no gramática.

    Porque esa falta de generosidad nos ha costado carísima. El conflicto lingüístico no se ha librado solo en las cátedras, sino en los comedores de nuestras casas. Hemos convertido la lengua en una guerra civil incruenta pero profundamente dolorosa. Hermanos que dejan de hablarse, amigos de la infancia que se distancian, paellas familiares que acaban en gritos… La sociedad se ha fracturado en dos trincheras. En un lado, el pancatalanismo intelectual, galvanizado por Joan Fuster, quien vinculó la lengua a un proyecto político nacional (Països Catalans) que muchos sintieron como una amenaza. En el otro, la reacción visceral del blaverismo, que, atrincherado en las Normes de El Puig frente a las académicas Normes de Castelló, a menudo derivó en un aislacionismo cultural que negaba la evidencia científica. Hemos usado la cultura, que sirve para unir, como un cuchillo para separar.

    Y en medio de este ruido, olvidamos a figuras que intentaron coser la herida desde la emoción, como Vicent Andrés Estellés. El poeta de Burjassot bajó la lengua de los atriles y la devolvió a la calle, al mercado y a la cama. Con su «Mural del País Valencià», demostró que el valenciano no necesitaba pedir permiso a Barcelona para ser universal.

    Pero quizás lo más triste es que nos ha hecho olvidar la verdad más potente, la realidad histórica que podría curarlo todo:

    No es que en Valencia hablemos catalán; es que en Cataluña hablan mucho más valenciano del que se imaginan.

    Esa es la realidad. El estándar normativo actual, el que fijó Pompeu Fabra, tiene un corazón periférico. Cuando Fabra intentó depurar el idioma, se encontró con un catalán de Barcelona castellanizado y corrupto. Para limpiar el idioma, tuvo que mirar al sur y al mar, basándose en nuestros clásicos del Siglo de Oro (Ausiàs March, Joanot Martorell) y en las modalidades baleares. El «catalán correcto» de hoy bebe directamente de la fuente valenciana. No somos un apéndice; somos la madre nutricia de la norma moderna.

    Y no estamos solos. Esta historia estaría coja sin las Islas Baleares. Las modalidades insulares —mallorquín, menorquín, ibicenco— no son satélites de nadie. La inmensa labor de Antoni Maria Alcover y Francesc de Borja Moll con el «Diccionari català-valencià-balear» prueba que esta lengua se construyó a tres bandas.

    Es hora de una repudia total a la utilización política de la lengua. Basta ya. La lengua no pertenece a la Generalitat de Catalunya, ni al Gobierno de España, ni a la Generalitat Valenciana. Pertenece a la gente.

    Hoy, instituciones como la Comisión Europea utilizan frecuentemente la fórmula «catalán/valenciano» (y a veces la inversa) en sus comunicaciones oficiales, reconociendo que la entidad del valenciano merece figurar en el nombre de la lengua. Aceptar que el valenciano tiene raíces profundas, que es el molde de la norma moderna y que su nombre es tan digno como cualquier otro, es la única vía para que hermanos y amigos dejen de pelearse en la sobremesa y empiecen, simplemente, a hablar.

  • 1261: La «doble partida» de nacimiento del valenciano y el catalán en la historia jurídica

    Si hay un «momento cero» en la historia documental de nuestra lengua, ese no se encuentra en las disputas políticas de los parlamentos contemporáneos, sino en la tinta seca de los pergaminos del siglo XIII. Para entender qué hablaban los valencianos cuando se fundó el Reino y cómo llamaban a su lengua, es imperativo acudir a las fuentes primarias por excelencia: la memoria personal del rey, el Llibre dels feits, y la arquitectura legal del estado, los Furs de València. Este análisis profundiza en los textos datados en torno a 1261 y 1276, contrastando las visiones de las distintas escuelas historiográficas para arrojar luz sobre una conclusión que desafía muchas narrativas lineales: las etiquetas de «valenciano» y «catalán» nacieron oficialmente de la mano, como denominaciones coextensivas, en el mismo instante jurídico de la formación del Reino.

    Para comprender la naturaleza de esta lengua, debemos mirar más allá de las fronteras actuales y buscar la savia en su raíz histórica: el llemosí. Bajo esta denominación clásica y prestigiosa subyace el tronco del occitano, una gran familia lingüística del sur de Europa de la cual el provenzal era el dialecto literario por excelencia de los trovadores. Tanto el valenciano como el catalán no son sino ramas vigorosas de ese mismo árbol occitano-romance. Por tanto, afirmar que el valenciano deriva del catalán es una imprecisión genealógica; lo correcto es afirmar que ambos manan de esa fuente común llemosina. No existe una subordinación del valenciano a un supuesto «catalán» oficial preexistente, sino que ambos comparten la misma genética lingüística, nacidos de ese legado provenzal que explica nuestra unidad esencial.

    Cuando Jaime I dictó su autobiografía, el Llibre dels feits, terminada hacia 1276, no estaba preocupado por la filología, sino por la posteridad. El Conquistador nos legó un relato oral, vibrante y directo, en un idioma que los documentos de la época a menudo llaman «nostre llatí» o simplemente romanç. Sin embargo, fue en el ámbito legislativo donde se produjo la verdadera revolución. Hasta 1261, la Costum de Valencia de 1238 era una normativa local, pero en ese año clave, Jaime I convoca Cortes, jura los Fueros y ordena su extensión a todo el territorio. Este acto no fue una mera traducción administrativa del latín al romance; fue, de facto, la primera normalización lingüística de la historia de nuestra lengua. Al elevar el habla popular a la categoría de lengua de la ley para todo un reino soberano, Jaime I dotó al idioma de una unidad y un estatus oficial que no tenía precedentes.

    La prueba documental de esta unidad fundacional se encuentra en el Códice de Benifazá, donde se explicita que los preceptos legales se traducen al «valenciano o catalán» (valenciana o catalana). Esta disyuntiva es la clave de bóveda de nuestra historia lingüística: demuestra que, desde el nacimiento jurídico del Reino, se asumió una doble denominación para una misma realidad indivisible. Valenciano y catalán nacieron juntos porque son la misma lengua. No hubo un periodo de espera ni una evolución separada; la oficialización de 1261 consagró que ambos términos eran sinónimos válidos para referirse a la lengua común. Fue el momento en que el idioma adquirió su carta de naturaleza pública, normalizado bajo dos nombres que gozaban de idéntica dignidad.

    Esta dignidad alcanzaría su cénit dos siglos después, demostrando que la rama valenciana no solo no era subsidiaria, sino que se convirtió en el motor cultural de toda la lengua. El Siglo de Oro Valenciano (s. XV) marca un hito incomparable: fue el primer siglo de oro de una lengua romance en Europa, adelantándose al castellano. Mientras otros territorios de habla común no alcanzaban tal esplendor, Valencia produjo genios universales como Ausiàs March, Joanot Martorell o Jaume Roig. La hegemonía literaria del Reino de Valencia fue tal que la lengua culta de la época se identificaba internacionalmente con Valencia, irradiando su influencia sobre Cataluña y las Baleares. Es imposible entender la historia de nuestra lengua sin reconocer que, durante su época de máximo esplendor clásico, el corazón que bombeaba la sangre cultural estaba en Valencia.

    Es pertinente también observar el contraste con el vecino Reino de Aragón para entender la singularidad de nuestro caso. Aunque Aragón poseía su propia lengua romance —el navarro-aragonés o aragonés—, la presión política y la proximidad con Castilla, sumadas a la llegada de la dinastía Trastámara, favorecieron una castellanización temprana de la corte y las élites. Hoy, la lengua aragonesa (a menudo llamada fabla) perdura heroicamente en los valles pirenaicos del norte (Ansó, Hecho, Bielsa), pero el castellano se consolidó como la lengua mayoritaria del reino aragonés. En cambio, en el Reino de Valencia, la fidelidad a la lengua propia, blindada por la oficialidad de los Furs desde 1261 y prestigiada por el Siglo de Oro, permitió que el valenciano se mantuviera como lengua viva y general.

    En definitiva, el análisis histórico nos enseña que el idioma existía antes que sus etiquetas políticas, anclado en su noble origen occitano-llemosí. Pero fue la oficialización de 1261 lo que marcó su mayoría de edad. Valenciano y catalán emergieron juntos como nombres de una misma lengua compartida, una unidad que hoy reconocen nuestros marcos legales contemporáneos, desde el Estatuto de Autonomía de la Comunitat Valenciana hasta los de Cataluña y Baleares. Negar esta unidad es negar la historia; reconocer la doble denominación original es abrazar la riqueza de una identidad que, desde hace siete siglos, nos define como pueblo.