Agustín Gómez

Etiqueta: valenciano

  • 1261: La «doble partida» de nacimiento del valenciano y el catalán en la historia jurídica

    Si hay un «momento cero» en la historia documental de nuestra lengua, ese no se encuentra en las disputas políticas de los parlamentos contemporáneos, sino en la tinta seca de los pergaminos del siglo XIII. Para entender qué hablaban los valencianos cuando se fundó el Reino y cómo llamaban a su lengua, es imperativo acudir a las fuentes primarias por excelencia: la memoria personal del rey, el Llibre dels feits, y la arquitectura legal del estado, los Furs de València. Este análisis profundiza en los textos datados en torno a 1261 y 1276, contrastando las visiones de las distintas escuelas historiográficas para arrojar luz sobre una conclusión que desafía muchas narrativas lineales: las etiquetas de «valenciano» y «catalán» nacieron oficialmente de la mano, como denominaciones coextensivas, en el mismo instante jurídico de la formación del Reino.

    Para comprender la naturaleza de esta lengua, debemos mirar más allá de las fronteras actuales y buscar la savia en su raíz histórica: el llemosí. Bajo esta denominación clásica y prestigiosa subyace el tronco del occitano, una gran familia lingüística del sur de Europa de la cual el provenzal era el dialecto literario por excelencia de los trovadores. Tanto el valenciano como el catalán no son sino ramas vigorosas de ese mismo árbol occitano-romance. Por tanto, afirmar que el valenciano deriva del catalán es una imprecisión genealógica; lo correcto es afirmar que ambos manan de esa fuente común llemosina. No existe una subordinación del valenciano a un supuesto «catalán» oficial preexistente, sino que ambos comparten la misma genética lingüística, nacidos de ese legado provenzal que explica nuestra unidad esencial.

    Cuando Jaime I dictó su autobiografía, el Llibre dels feits, terminada hacia 1276, no estaba preocupado por la filología, sino por la posteridad. El Conquistador nos legó un relato oral, vibrante y directo, en un idioma que los documentos de la época a menudo llaman «nostre llatí» o simplemente romanç. Sin embargo, fue en el ámbito legislativo donde se produjo la verdadera revolución. Hasta 1261, la Costum de Valencia de 1238 era una normativa local, pero en ese año clave, Jaime I convoca Cortes, jura los Fueros y ordena su extensión a todo el territorio. Este acto no fue una mera traducción administrativa del latín al romance; fue, de facto, la primera normalización lingüística de la historia de nuestra lengua. Al elevar el habla popular a la categoría de lengua de la ley para todo un reino soberano, Jaime I dotó al idioma de una unidad y un estatus oficial que no tenía precedentes.

    La prueba documental de esta unidad fundacional se encuentra en el Códice de Benifazá, donde se explicita que los preceptos legales se traducen al «valenciano o catalán» (valenciana o catalana). Esta disyuntiva es la clave de bóveda de nuestra historia lingüística: demuestra que, desde el nacimiento jurídico del Reino, se asumió una doble denominación para una misma realidad indivisible. Valenciano y catalán nacieron juntos porque son la misma lengua. No hubo un periodo de espera ni una evolución separada; la oficialización de 1261 consagró que ambos términos eran sinónimos válidos para referirse a la lengua común. Fue el momento en que el idioma adquirió su carta de naturaleza pública, normalizado bajo dos nombres que gozaban de idéntica dignidad.

    Esta dignidad alcanzaría su cénit dos siglos después, demostrando que la rama valenciana no solo no era subsidiaria, sino que se convirtió en el motor cultural de toda la lengua. El Siglo de Oro Valenciano (s. XV) marca un hito incomparable: fue el primer siglo de oro de una lengua romance en Europa, adelantándose al castellano. Mientras otros territorios de habla común no alcanzaban tal esplendor, Valencia produjo genios universales como Ausiàs March, Joanot Martorell o Jaume Roig. La hegemonía literaria del Reino de Valencia fue tal que la lengua culta de la época se identificaba internacionalmente con Valencia, irradiando su influencia sobre Cataluña y las Baleares. Es imposible entender la historia de nuestra lengua sin reconocer que, durante su época de máximo esplendor clásico, el corazón que bombeaba la sangre cultural estaba en Valencia.

    Es pertinente también observar el contraste con el vecino Reino de Aragón para entender la singularidad de nuestro caso. Aunque Aragón poseía su propia lengua romance —el navarro-aragonés o aragonés—, la presión política y la proximidad con Castilla, sumadas a la llegada de la dinastía Trastámara, favorecieron una castellanización temprana de la corte y las élites. Hoy, la lengua aragonesa (a menudo llamada fabla) perdura heroicamente en los valles pirenaicos del norte (Ansó, Hecho, Bielsa), pero el castellano se consolidó como la lengua mayoritaria del reino aragonés. En cambio, en el Reino de Valencia, la fidelidad a la lengua propia, blindada por la oficialidad de los Furs desde 1261 y prestigiada por el Siglo de Oro, permitió que el valenciano se mantuviera como lengua viva y general.

    En definitiva, el análisis histórico nos enseña que el idioma existía antes que sus etiquetas políticas, anclado en su noble origen occitano-llemosí. Pero fue la oficialización de 1261 lo que marcó su mayoría de edad. Valenciano y catalán emergieron juntos como nombres de una misma lengua compartida, una unidad que hoy reconocen nuestros marcos legales contemporáneos, desde el Estatuto de Autonomía de la Comunitat Valenciana hasta los de Cataluña y Baleares. Negar esta unidad es negar la historia; reconocer la doble denominación original es abrazar la riqueza de una identidad que, desde hace siete siglos, nos define como pueblo.